
En el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia, en el siglo II a.C., Antíoco Epífanes gobernaba el Imperio Seléucida, que incluía Judea. Insistió en que quienes estaban bajo su jurisdicción adoptaran la cultura griega y adoraran a sus dioses paganos. Prohibió las prácticas judías, quemó la Torá y castigó violentamente —incluso hasta la muerte— a las personas judías que no cumplían. Se apoderó del Templo en Jerusalén y lo profanó con estatuas de dioses griegos, particularmente Zeus, de quien afirmaba ser la imagen encarnada. En un insulto deliberado a la fe judía, Antíoco sacrificó cerdos —un animal impuro según la Ley de Dios— sobre el altar del Templo.
El Templo había quedado completamente impuro, y una familia de sacerdotes ya no soportaba más. El anciano Matatías se negó a adorar dioses falsos. Tras su muerte, su hijo Judá llevó adelante la rebelión para luchar por su fe. Muy inferiores en número y sin los recursos de su enemigo, los Macabeos lucharon y derrotaron a los ejércitos de Antíoco Epífanes. Recuperaron el Templo en Jerusalén, y los sacerdotes se dispusieron a purificarlo y rededicarlo. Así, uno de los temas de Janucá es la pureza.
El Templo era la morada del Dios Santísimo. Tenía que ser puro porque el Señor es absolutamente puro. Él dio instrucciones explícitas para crear cada detalle de los elementos del Templo. Incluso el aceite para mantener encendida la menorá tenía que ser puro. Después de su victoria, los sacerdotes solo pudieron encontrar una vasija de aceite para el Templo con el sello de pureza intacto, suficiente para mantener la menorá encendida por un solo día. Les tomaría ocho días conseguir más aceite purificado, pero cuando llegó el momento de rededicar el Templo, los sacerdotes encendieron el candelabro de todos modos, y Dios hizo el resto. El aceite duró los ocho días completos, hasta que hubo más aceite listo.
Cuando pensamos en nuestra propia pureza, rápidamente nos damos cuenta de que no tenemos suficiente. El pecado nos ha manchado a todos. “No hay justo, ni aun uno,” escribe el apóstol Pablo en Romanos 3:10, al referirse al Salmo 14. Nunca podríamos ser lo suficientemente puros para estar en la presencia de Dios. Por eso vino el Mesías. Gracias al sacrificio puro de Yeshúa, tenemos comunión con el Dios de Israel. Los que creemos en Jesús el Mesías estamos delante del Dios puro en una posición que Él considera justa, habiendo cambiado nuestra culpa por la justicia de Jesús. Estamos revestidos de la pureza de Yeshúa.
Y, sin embargo, en nuestra experiencia, somos purificados continuamente cada día a medida que permitimos que el Espíritu Santo gobierne nuestras vidas y nos conforme a la imagen del Mesías. Proverbios 25:4 habla de cómo las impurezas, llamadas escoria, suben a la superficie cuando la plata se calienta más allá de su punto de fusión. Cuando se quita la escoria, la plata queda pura y lista para que el orfebre la moldee y la use. De la misma manera, cuando dejamos que el Espíritu Santo exponga y elimine nuestras impurezas, nos volvemos moldeables, mejor preparados para los propósitos del Señor y las buenas obras que Él ha planeado que hagamos para Él (Efesios 2:10).
Esta noche, al encender la primera vela de Janucá, seamos agradecidos por la pureza del Mesías que nos cubre y nos permite disfrutar de la salvación y la presencia del Señor. Decidamos permitir que nuestras impurezas salgan a la luz de nuestra conciencia, para que el Señor pueda eliminarlas, purificándonos para Su gloria.
Coloque una vela en el portavelas del extremo derecho de su janukiá. Al encender el Shamash (la Vela de Servicio), recite las bendiciones judías mesiánicas de Janucá para la primera noche:
Bendito eres Tú, ADONAI, nuestro Dios, Rey del universo, que nos has santificado con Tus mandamientos y nos has dado a Yeshúa el Mesías, la Luz del Mundo.
Bendito eres Tú, ADONAI, nuestro Dios, Rey del universo, que hiciste milagros para nuestros antepasados en aquellos días, en este tiempo.
Bendito eres Tú, ADONAI, nuestro Dios, Rey del universo, que nos has mantenido con vida, nos has sostenido, y nos has permitido llegar a esta época.
Usando el Shamash, encienda la primera vela de Janucá. Regrésela a su lugar. Deje que las velas se apaguen por sí solas. Deben arder durante al menos media hora.